Nos conocimos cuando el tenia 17 años y yo 15, compartíamos los mismos gustos musicales, solo él y yo comprendíamos el leguaje rebuscando que usábamos ante el resto del mundo. Teníamos quimeras que compartíamos como si en nuestras mentes pudiéramos formar un mundo que solo nos pertenecía a los dos, un mundo extrañamente maravilloso. Gozábamos de ver la lluvia sobre los pasillos que evocaban a los salones de clases, y empaparnos de vez en cuando. Me daba obsequios si era una fecha especial o no, me tocaba su horripilante música, nos juramos que a mis 20 años cruzaríamos el continente con mochila al hombro, sin mapas, solo con la ilusión de un día llegar a la Patagonia.
El era lo mejor que me ha pasado en la vida, la mejor persona que he conocido, si Dios existiera él seguiría vivo.
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