24 de septiembre de 2011

Narciso

El Alquimista cogió un libro que alguien de la caravana había traído. El volumen no tenía tapas, pero consiguió identificar a su autor: Oscar WildeMientras hojeaba sus páginas, encontró una historia sobre Narciso.
El Alquimista conocía la leyenda de Narciso, un hermoso joven que todos los días iba a contemplar su propia belleza en un lago. Estaba tan fascinado consigo mismo que un día se cayó dentro del lago y se murió ahogado. En el lugar donde cayó nació una flor, a la que llamaron narciso. Pero no era así como Oscar Wilde acababa la historia...

Él decía que, cuando Narciso murió, llegaron las Oréades – diosas del bosque – y vieron al lago transformado, de un lago de agua dulce, en un cántaro de lágrimas saladas.


– ¿Por qué lloras? – le preguntaron las Oréades.
– Lloro por Narciso – repuso el lago.
– ¡Ah, no nos asombra que llores por Narciso! – prosiguieron ellas-.
Al fin y al cabo, a pesar de que nosotras siempre corríamos tras él por el bosque, tú eras el único que tenía la oportunidad de contemplar de cerca su belleza.
– ¿Pero Narciso era bello? – preguntó el lago.
– ¿Quién podría saberlo más que tú? – respondieron, sorprendidas, las Oréades -. 
Al fin y al cabo, era en tus márgenes donde él se inclinaba para contemplarse todos los días.
El lago permaneció en silencio unos instantes. Finalmente dijo:
-Yo lloro por Narciso porque cada vez que él se inclinaba sobre mis 
márgenes yo podía ver, en el fondo de sus ojos, mi propia belleza reflejada.

– ¡Qué bella historia! – dijo el Alquimista.



Prólogo de el Alquimista
Paulo  Cohelo 

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