17 de abril de 2014

San Agustín, Confesiones, Libro IV


Porque me maravillé que otros, sujetos a la muerte, vivieran, ya que aquel que yo amaba como si nunca debiera morir, estaba muerto; y me maraville aún más de que yo, que para él era como un segundo yo, pudiera vivir, habiendo muerto él. Bien dijo uno de sus amigos <Eres la mitad de mi alma> porque sentía que su alma y mi alma eran <Un alma en dos cuerpos> y, por tanto, mi vida se convirtió en un horror para mí, porque no quería vivir sólo a medias. Y al mismo tiempo temía morir, no fuera que aquel que yo tanto amaba muriera por entero. 


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