31 de diciembre de 2013

El ultimo abrazo.

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El llego con el ímpetu de siempre, con esa presencia y estampa hermosa, la misma estampa que otras veces había hecho de ella una furia, una pasión, un berrinche, un desconsuelo. Su sola presencia bastaba para todo, era el tsunami que venía a batir la sangre lenta convertida así en torrente burbujeante golpeando las paredes del corazón. Ella tenía presencia, apenas delicada, otras veces brusca, caprichosa y delirante.
Lo vió más indefenso y pequeño, tal vez porque ahora venía desarmado, amorosamente entregado a un tiempo que ya había pasado. Recordó el primer encuentro, cuando no había podido sostenerle la mirada, y relajada, se dejó posar sobre los ojos de él, como quien hecha a dormir una siesta en verano.

Qué triste final y que reposado, acaso era posible sentir paz en ese momento?

Si tan solo se pudiera volver el tiempo atrás pensó él. Si tan solo no hubiera sufrido tanto, pensó ella.
Pero hay veces en que el amor se transforma y tiene esa cosa maravillosa de no morir y de dejar ir. Por un segundo ella lo abrazó, con fuerza, con cariño y con la dicha de haber amado.
Las despedidas son tristes, pero cuando se quiso, no puede haber otra cosa más que el abrazo en el cual se funden todos los días vividos y se firma la hoja, esa que hace un tiempo estaba en blanco, y hoy es un pájaro escondido entre los libros de una biblioteca. Un final guardado entre otros finales.

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