Sin embargo, siento un profundo vacío. Como si me hubiera bebido una
taza de té, se me hubiera hecho añicos en la garganta y me retorciera todos los
puntos sensibles del cuerpo, sin tocar los órganos vitales, para que me quede
aquí. Veo con claridad la hilera de árboles a la entrada del aparcamiento
sacudidos por el viento, con sus sombras retorcidas, pero no oigo nada. Tengo
la sensación de que me encojo y crezco al mismo tiempo. De no caber en mi
propio cuerpo. Me siento como si yo mismo fuera demasiado grande para mi
cuerpo. Es el vacío que se hincha y me hincha. Mis manos tiemblan como una
garganta estrangulada. Las obligo a agarrarme los hombros, pero siguen
temblando. Me miro las rodillas: parecen dos piedras grandes, y los tobillos
dos piedras medianas. Lo demás tiembla. No es frío de verdad, es esa cosa
nueva: el vacío.(...) Ahí empiezan
las caricias cortantes, las que se clavan en los antiguos recuerdos.
(La alargada sombra del amor - Mathias Malzieu)

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